Parafraseando a Lawrence Durrell en el inicio de Justine, el primer libro de su famoso Cuarteto de Alejandría, podría decir que en Donosti "en la intensa quietud de esas tardes de otoño hay un reloj: el mar".
E sta tarde en un momento pareció como si fuese a instalarse una densa niebla y me acordé de la "camanchaca", una niebla en el norte de Chile que parecía dejar suspendidos en el aire a los personajes que bailaban durante la fiesta de la Virgen de La Tirana.
D e nuevo en el camino, a recorrer esas bien trazadas y espaciosas rutas indonesias por las que circulan confiados incontables conductores, respetuosos de las reglas del tránsito y del derecho de los demás. Toda una experiencia, pero no para los corazones débiles.
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