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Port Gentil

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E stuve en Gabón, en África occidental, en febrero de 1981 para trabajar en una barcaza francesa de perforación, la Barge Anguille . Volamos desde Marsella a Libreville y de inmediato salimos para Port Gentil, sobre la costa, para embarcarnos desde allí. Estuve muy poco en esta última ciudad, recuerdo que era muy primitiva, pero muy cara y que en cuanto pude salí a dar una vuelta por ahí a tomar algunas fotos. La mayor parte del tiempo en ese país, tres semanas en total, lo pasé en el mar, en realidad. Gabón es uno de esos lugares en los que puedo decir que estuve, pero no estuve, considerando lo poco de ellos que vi efectivamente.

Desesperación

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S i a usted le preocupa por momentos el tener la sensación de que a nadie le importa lo que diga, haga o deje de hacer, me permito decirle que no es necesariamente un sentimiento paranoide, a todo el mundo le pasa en algún momento. Al señor de la foto, por ejemplo, miembro de un grupo religioso que se manifestaba, actuaba o lo que fuera que hiciese, en la Plaza de Armas de Santiago, parecía angustiarlo mucho la incomunicación, no sabría decir si con su dios, con sus colegas pecadores o con quién diablos (¡oh, perdón!..).

London-Paris

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C uando era niño, mi madre me traía al London-Paris, una de las mayores tiendas del Montevideo de la época, cuando necesitaba equiparme de ropa o zapatos. Luego de recorrer sus diferentes pisos y haber realizado las compras necesarias, terminábamos en el salón de té, tomando algo (una "refrescante" taza de té como dicen, supongo que con humor, los ingleses). A veces venía con su hermana o alguna amiga únicamente a tomar el té, era su paseo semanal. Hoy el viejo edificio, afortunadamente bien conservado, está enmarcado por una ciudad que cambia casi constantemente y no siempre para mejorar, pero así son las cosas en todos lados.

Elefante

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H abía tomado un rickshaw para ir hasta la estación de ferrocarril de Varanasi, un doble error, primero, porque no conseguí pasaje, vencido por la burocracia y desestimulado por las colas, y después, porque al llegar terminé discutiendo con el conductor del triciclo, algo que se venía repitiendo con frecuencia, por desgracia. En el camino nos cruzamos con el elefante, que avanzaba raudo y agitando su cola con energía y buen ritmo. Al adelantarlo, el conductor del rickshaw no se inmutó, fuere por fatalismo o porque realmente no había de qué preocuparse, pero yo, mientras pasábamos junto a esa mole gris, rezaba para que el paquidermo no sufriese ningún tipo de transtorno digestivo, al menos mientras estábamos detrás suyo.

La ventana

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E l viejo y otrora suntuoso edificio está abandonado desde hace años. Aún da muestras, en algunos lugares, como en el hall de entrada, de su antiguo esplendor, pero en otros el tiempo se ha ocupado de degradar su aspecto, que las casi permanentes tinieblas ocultan piadosamente. Digo "casi" porque quedan aún algunas ventanas que dejan pasar, generosas, la luz del día, quebrando así la hegemonía de las sombras. Esa ventana, por ejemplo, da hacia un tragaluz de escaso interés en sí mismo, pero nos permite albergar algo de esperanza, creer en que tras sus sucios cristales existe algo mejor y más bello. Es poca cosa, pero es todo lo que tenemos y nos aferramos a esa ilusión como si en ello nos se nos fuese la vida.

Azoteas

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T echos de edificios en el centro de Montevideo, con sus claraboyas, vistos desde la azotea del viejo hotel Cervantes.

Provocación

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E l Hombre Araña recorría la Plaza Independencia buscando a alguien en peligro a quien ayudar, pero inexplicablemente, cuando el señor a la derecha, que lo reconoció, pasó a retratarlo con su celular, por alguna extraña razón se molestó y asumió esa actitud amenazante. Con ese carácter el superhéroe se va a quedar sin doncellas para rescatar de las garras de algún malvado...