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La casa de té del monasterio Sera

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P or supuesto que por tratarse de un país relativamente joven, en el Uruguay no tenemos bares o restaurantes tan antiguos como en otros lugares. Por ejemplo, la casa de té del monasterio Sera, en las afueras de Lhasa, en el Tíbet, tiene un aire decididamente medieval, impresión que una rápida visita a su sombría cocina, trámite indispensable para proveerse de un termo de té con leche que es extraído de una olla de hierro enorme, no hace más que reforzar.

Boliche

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E n Montevideo, pero especialmente en el interior, aún quedan viejos boliches, de esos que conservan un ambiente que remite al ya cada vez más lejano tiempo en que las mesas de madera o mármol aún no le habían cedido el paso a la anónima cármica. Algunos son una mezcla de bar, almacén y club, con algo de confesionario y peña futbolera o política para el selecto grupo de habitués que constituyen su población flotante. El boliche era nuestro equivalente de los pubs, no los pseudo-pubs de acá, sino los de verdad, los de allá al norte, una especie de lugar de reunión para la gente del barrio o para los que hacían una "parada técnica", para completar el nivel del alcohol en sangre, de ida o vuelta de sus ocupaciones, cualesquiera que fuesen, confesables o no.

Café en El Cairo

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R egresaba de Alejandría y al caer la noche mi autobús pasó frente a este café en El Cairo y me llamó la atención la atmósfera irreal que le daba a la escena la luz sin brillo y azulada de los tubos de neón, que bañaba a esas figuras sentadas en sus pequeñas mesas como en un sueño. Volví al día siguiente y allí estaban de nuevo sus parroquianos, charlando animadamente mientras bebían su té, fumando en sus narguiles, leyendo el diario, mirando la tele o jugando al chaquete o al dominó. En suma, lo que hace todo el mundo, con variantes, en un café cualquiera en cualquier parte del mundo.

El viejo café de la plaza

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E l viejo café Sorocabana tenía una atmósfera particular que se había ido creando a lo largo del tiempo -tampoco Roma se construyó en un día, dicen. Había tres cafés muy distintos, según uno fuese por la mañana, por la tarde o luego de que el centro se vaciaba y surgía una fauna completamente nueva de noctámbulos recalcitrantes. A esa hora tardía, su iluminación, compuesta casi exclusivamente por tubos fluorescentes que mal se reflejaban en el oscuro revestimiento de madera de sus paredes, le garantizaba un aire de recatada sordidez que de ningún modo poseía durante el día, cuando la luz se abría paso incontenible desde la plaza vecina a través de sus grandes ventanales.

El nuevo café de la plaza

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A yer fui por primera vez al nuevo café de la Plaza Libertad, ex Plaza Cagancha, ubicado precisamente en el lado opuesto a donde estuvo, hasta 1988, el legendario café Sorocabana, en el cual pasé, a lo largo de los años, muchas horas de charla con amigos, fotografiando y, naturalmente, tomando café. Moderno, muy agradable e indeciblemente más limpio, el nuevo café Tribunales tiene un aire propio, pero con marcadas -y seguramente buscadas- reminiscencias del Sorocabana, que lo tornan muy atractivo para los nostálgicos como yo. Si bien el local es nuevo, con personal joven y un concepto comercial más actualizado, la iluminación y en particular las pequeñas mesas circulares de mármol y algunos de sus asientos, recuerdan mucho a las del otro. También yo en cierto modo soy otro, ahora fotografío con una cámara digital y generalmente en colores, pero mi ojo continúa en su permanente búsqueda a través del visor de la armonía de las formas, del momento especial, de la imagen para el recuerd...

Almacén de barrio

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A medida que se va aproximando el invierno, anochece cada vez más temprano y al retirarse el día van surgiendo de la penumbra los comercios que aún habrán a permanecer abiertos un rato más. Son como islas que ofrecen sus brillantes dones a los que pasamos frente a ellos envueltos en las tinieblas invasoras y por adornarse de luz, de alguna manera se vuelven más atractivos.

Para no perder el tiempo

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¡ B ravo por el vendedor de garrapiñada! Mientras aguarda por clientes, lee su libro, indiferente a todo lo que lo rodea, con la cabeza sumergida en otro mundo. Ese señor es de los míos, siempre con un libro a mano, cosa de aprovechar el tiempo, después de todo, el saber no ocupa lugar (aunque los libros, sí...)